¿Qué hace realmente inteligente a una ciudad? Tecnología, soberanía digital y ciudadanía crítica
Cámaras, algoritmos, plataformas, datos y sistemas de inteligencia artificial están cada vez más presentes en la vida urbana. Pero una ciudad no se vuelve inteligente simplemente por incorporar más tecnología. También necesita ciudadanos capaces de comprenderla, cuestionarla y participar en las decisiones que determinan cómo se utiliza.
Bellini Casandra, Cocciolo Ariana, Velazquez Merlina
7/7/20265 min read


Cuando pensamos en una ciudad inteligente, la primera imagen suele estar asociada a sensores, cámaras de seguridad, aplicaciones, plataformas digitales, sistemas automatizados y grandes cantidades de datos.
La promesa parece sencilla: utilizar tecnología para gestionar mejor la ciudad.
Pero existe otra pregunta menos frecuente y quizás más importante:
¿quién controla esa tecnología y qué capacidad tienen los ciudadanos para comprender cómo funciona?
Un trabajo realizado en 2025 por Casandra Bellini, Ariana Cocciolo y Merlina Velazquez propone abordar precisamente esta tensión a partir de tres conceptos: soberanía digital, vigilancia informativa y participación ciudadana.
La propuesta parte de una idea fundamental: una ciudad inteligente no debería medirse solamente por la cantidad de tecnología que incorpora, sino también por la capacidad de sus habitantes para intervenir críticamente en el ecosistema digital que los rodea.
Vivimos en ciudades atravesadas por datos
Cada vez que utilizamos una aplicación, circulamos frente a una cámara, realizamos una búsqueda, usamos una plataforma digital o interactuamos con un servicio conectado, generamos información.
Las ciudades contemporáneas son también grandes productoras de datos.
El problema es que esas infraestructuras no siempre están bajo control de los ciudadanos —ni necesariamente de los propios gobiernos locales—.
El trabajo recupera los aportes de Natalia Zuazo para señalar una característica estructural del ecosistema digital latinoamericano: buena parte de las infraestructuras y servicios a través de los cuales circula nuestra información se encuentra concentrada en pocas empresas.
Desde esta perspectiva, hablar de soberanía digital significa preguntarse hasta qué punto una sociedad puede decidir sobre las tecnologías, datos e infraestructuras que organizan una parte creciente de su vida social.
No se trata de rechazar la tecnología.
Se trata de evitar que la relación con ella sea exclusivamente la del consumidor.
De usuarios a ciudadanos digitales
Utilizamos diariamente tecnologías cuyo funcionamiento desconocemos.
Aceptamos términos y condiciones.
Cedemos datos.
Permitimos accesos.
Utilizamos algoritmos para buscar información, desplazarnos por la ciudad, comunicarnos, estudiar o entretenernos.
Muchas veces lo hacemos porque el beneficio inmediato de utilizar esas herramientas parece superar cualquier preocupación respecto de lo que sucede detrás.
El trabajo recupera en este punto el concepto de “consenso de los conectados”, formulado por Rebecca MacKinnon: una suerte de acuerdo implícito mediante el cual aceptamos determinados problemas del ecosistema digital a cambio de las posibilidades que nos ofrece la conectividad.
Pero utilizar tecnología y comprender tecnología son dos cosas diferentes.
Y allí aparece uno de los desafíos centrales de la ciudadanía digital:
pasar de utilizar sistemas tecnológicos a poder interrogarlos.
¿Quién recopiló estos datos?
¿Para qué?
¿Durante cuánto tiempo se almacenan?
¿Quién puede acceder a ellos?
¿Qué algoritmo interviene?
¿Existe algún mecanismo para cuestionar sus decisiones?
¿Podría utilizarse una tecnología diferente?
Son preguntas técnicas, pero también profundamente políticas y ciudadanas.
Cuando la vigilancia se presenta como solución
Uno de los casos analizados por las autoras es el de la videovigilancia urbana.
El trabajo toma como referencia el municipio de Vicente López, donde señala la existencia de más de 2.300 cámaras de seguridad y utiliza este escenario para discutir una cuestión más amplia: la tendencia a presentar determinadas tecnologías como soluciones automáticas frente a problemas sociales complejos.
Una cámara puede constituir una herramienta de seguridad.
Pero su sola instalación no resuelve el debate.
También es necesario preguntarse quién accede a las imágenes, durante cuánto tiempo se conservan, qué sistemas analizan esa información, qué empresas proporcionan la infraestructura y cuáles son los mecanismos de control democrático existentes.
El mismo interrogante se vuelve todavía más relevante con la incorporación de inteligencia artificial, reconocimiento automatizado y análisis masivo de datos.
La cuestión deja entonces de ser:
¿tecnología sí o tecnología no?
Para convertirse en:
¿qué tecnología, bajo qué reglas, para resolver qué problema y bajo el control de quién?
La desinformación también forma parte de la ciudad digital
La infraestructura de una ciudad no está compuesta únicamente por calles, edificios y servicios.
Existe también una infraestructura informativa.
Los ciudadanos toman decisiones a partir de aquello que reciben en medios, redes sociales, buscadores, mensajería y plataformas digitales.
Y buena parte de esa circulación está mediada por algoritmos.
Por eso la alfabetización mediática ocupa un lugar central dentro de cualquier estrategia de ciudadanía digital.
El trabajo recupera la experiencia de Chequeado, que combina periodismo de verificación, educación, tecnología cívica, datos abiertos y herramientas colaborativas.
En la entrevista utilizada por las autoras, la organización plantea que el fact-checking no debería limitarse a desmentir información falsa: también puede constituirse en una herramienta para educar, concientizar y empoderar a la ciudadanía.
Esto modifica la perspectiva.
Combatir la desinformación no significa solamente crear mejores verificadores.
Significa formar mejores verificadores ciudadanos.
Verificar también se aprende
¿Cómo sabemos si una fotografía es auténtica?
¿Cómo podemos reconstruir el origen de una publicación?
¿Cómo diferenciamos una fuente primaria de una interpretación?
¿Cómo identificamos un contenido producido mediante inteligencia artificial?
¿Cómo sabemos por qué determinado contenido aparece reiteradamente en nuestras redes?
Estas capacidades deberían formar parte de una alfabetización contemporánea.
El trabajo señala precisamente la necesidad de fortalecer la Alfabetización Mediática e Informacional (AMI) frente a los nuevos desafíos producidos por inteligencia artificial, desinformación y contenidos sintéticos.
Porque cuanto más sofisticados sean los sistemas tecnológicos, más importante será nuestra capacidad para comprenderlos.
Una propuesta: crear espacios locales de soberanía informativa
A partir de estos problemas, las autoras desarrollan una propuesta concreta: el Nodo de Soberanía Informativa.
La iniciativa imagina una infraestructura local articulada alrededor de tres grandes componentes:
participación y verificación ciudadana;
alfabetización mediática;
tecnologías y datos abiertos.
La propuesta incluye una plataforma de verificación en la que los vecinos puedan enviar contenidos sospechosos, talleres en escuelas, bibliotecas y centros culturales, un Laboratorio de Innovación Cívica y el desarrollo de herramientas basadas en principios de código abierto, transparencia e interoperabilidad.
Lo interesante de la propuesta no está solamente en la plataforma.
Está en su lógica.
En lugar de pensar al ciudadano como usuario final de una tecnología diseñada por otros, lo ubica como participante de la construcción del ecosistema digital.
La escuela también forma ciudadanos para la ciudad algorítmica
Este debate tiene una consecuencia educativa directa.
Durante mucho tiempo, la educación digital estuvo concentrada en enseñar herramientas.
Hoy eso resulta insuficiente.
Los estudiantes necesitan comprender también los sistemas que existen detrás de esas herramientas:
cómo funcionan los algoritmos;
cómo se utilizan sus datos;
cómo circula la información;
cómo funcionan las plataformas;
qué significa la privacidad;
cómo opera la inteligencia artificial;
cómo reconocer desinformación;
y qué derechos tenemos en los entornos digitales.
La ciudadanía del siglo XXI se ejerce simultáneamente en espacios físicos y digitales.
Por eso enseñar ciudadanía implica también enseñar ciudadanía digital crítica.
Una ciudad inteligente necesita ciudadanos que puedan cuestionarla
La conclusión del trabajo contiene quizás su idea más poderosa:
Una ciudad verdaderamente inteligente no es la que acumula datos, sino la que enseña a sus habitantes a interpretarlos, cuestionarlos y transformarlos en conocimiento colectivo.
Ahí está el cambio conceptual.
Una ciudad puede tener miles de sensores y seguir teniendo ciudadanos sin capacidad de comprender cómo funcionan.
Puede acumular datos sin transparencia.
Puede automatizar decisiones sin participación.
Puede digitalizar servicios sin aumentar la autonomía de las personas.
La verdadera inteligencia de una ciudad no reside únicamente en sus sistemas.
También reside en sus ciudadanos.
Y formar ciudadanos capaces de preguntar, verificar, comprender y participar probablemente sea una de las infraestructuras más importantes que podemos construir.
MediAcción | Ciudadanía digital, alfabetización mediática e inteligencia artificial
En MediAcción trabajamos con instituciones educativas y organizaciones para transformar estos problemas en experiencias de aprendizaje.
Nuestros talleres y propuestas de formación abordan alfabetización mediática, inteligencia artificial, desinformación, algoritmos, ciudadanía digital, pensamiento crítico y uso responsable de tecnología.
Porque aprender a utilizar tecnología es importante.
Aprender a comprenderla y cuestionarla es ciudadanía.
MEDIACCIÓN
Programa educativo para la alfabetización algorítmica y comprensión crítica de la inteligencia artificial en instituciones educativas.
CONTACTO
SUSCRIBITE AL NEWSLETTER
info@mediaccion.digital
+54 11 6449 2209
Proxy Interactive © 2026. Todos los derechos reservados.
