Redes sociales, identidad y salud mental: vivir en la lógica de la exposición

Las redes sociales dejaron de ser herramientas para convertirse en infraestructuras de la vida cotidiana. No son un complemento de la experiencia social: son uno de sus escenarios principales. En Argentina, el 92% de los usuarios de Internet utiliza alguna plataforma digital a diario, según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA (2024).

Tomás Guironi

11/6/20252 min read

A person holding a smart phone with social media on the screen
A person holding a smart phone with social media on the screen

La identidad como construcción algorítmica

En el caso de jóvenes y adolescentes, las redes funcionan como espacios de construcción identitaria. Allí no solo se comunican: se narran, se editan y se proyectan. La vida digital no refleja la identidad, la produce.

Como señala Adriana Amado, “las redes no solo median cómo los jóvenes se muestran al mundo, sino también cómo se piensan a sí mismos”. En este sentido, la lógica de los likes, las métricas y la visibilidad introduce una dimensión clave: la identidad como performance validada por otros.

Esta dinámica intensifica procesos de comparación permanente y genera modelos aspiracionales muchas veces inalcanzables, asociados a la figura del influencer y a la estetización de la vida cotidiana. No se trata solo de “querer ser como otro”, sino de medirse constantemente frente a estándares producidos algorítmicamente.

En los adultos, en cambio, el uso suele ser más instrumental: comunicación, trabajo e información. Sin embargo, esto no implica una menor influencia, sino una diferente forma de integración en la vida social. Según CIPPEC (2022), mientras los jóvenes priorizan el entretenimiento, los adultos tienden a valorar la funcionalidad y el acceso informativo.

El costo subjetivo de la hiperconectividad

Uno de los efectos más discutidos del ecosistema digital es su impacto en la salud mental. Diversos estudios advierten que el uso intensivo de redes puede potenciar la ansiedad, la comparación social y la sensación de insuficiencia.

En Argentina, UNICEF (2023) señala que 4 de cada 10 adolescentes experimentan ansiedad o baja autoestima asociada al uso de redes sociales. Este dato no puede leerse de manera aislada: debe comprenderse en el marco de una cultura donde la visibilidad es un valor central y donde la vida aparece constantemente expuesta, editada y optimizada.

La psicóloga Mariana Kogan sintetiza este punto con claridad: “las redes sociales no son en sí mismas perjudiciales, pero su uso excesivo y sin regulación puede derivar en aislamiento y dependencia emocional”.

Desde la perspectiva de la alfabetización mediática, el problema no es solo el tiempo de uso, sino la falta de herramientas para interpretar críticamente lo que se consume.

Vínculos en tensión: entre lo presencial y lo digital

La expansión de la comunicación mediada por pantallas también redefine los modos de vinculación. La posibilidad de interactuar sin exposición corporal, sin tiempos compartidos y sin compromiso directo reconfigura las habilidades sociales.

No se trata de una “pérdida” lineal de lo social, sino de una mutación en las formas de relación. Sin embargo, esta transformación trae tensiones: menor tolerancia al conflicto cara a cara, dificultades en la comunicación interpersonal y una creciente preferencia por la interacción mediada.

En este contexto, emerge una paradoja central: mientras aumentan las posibilidades de conexión, también se intensifican experiencias de soledad y desconexión emocional.

El desafío: formar sujetos críticos en la cultura de la conectividad

Frente a este escenario, la pregunta no es si las redes son “buenas o malas”, sino cómo habitarlas críticamente.

La alfabetización mediática —entendida como la capacidad de acceder, analizar, evaluar y producir contenidos de manera reflexiva— se vuelve una competencia central para la ciudadanía contemporánea .

Educar en medios hoy implica mucho más que enseñar a usar herramientas: supone desarrollar criterios, comprender cómo operan los algoritmos, reconocer las lógicas de producción de sentido y construir una relación más consciente con la propia identidad digital.

Porque en la cultura de la conectividad, no solo consumimos contenido: somos parte de él.